Mole Don Pepe: cuatro generaciones que han hecho de la Feria de León su segunda casa

Desde los años 50, la familia Alvarado mantiene viva su tradición en la Feria de León, donde cuatro generaciones comparten el sabor del mole Don Pepe
Foto: Jorge Rodríguez.

Aunque nacieron en Puebla, su corazón late cada enero en León. La familia Alvarado, fundadora del negocio Mole Poblano Artesanal Don Pepe, ha recorrido durante más de siete décadas los pasillos de la Feria Estatal de León, llevando consigo no solo el sabor de su tierra, sino una historia de amor, trabajo y arraigo que ha cruzado ya cuatro generaciones.

Todo comenzó en los años 50, cuando la abuela de Doña Virginia Alvarado recibió la invitación para participar en la feria. Desde entonces, la tradición no se ha interrumpido. Primero fue su padre, luego ella, y hoy también su hijo forma parte del equipo que atiende el stand con la misma entrega de siempre. “Cuatro generaciones aquí presentes cada año en León, Guanajuato”, dice con orgullo Doña Virginia.

Y no es solo una historia de comercio: también es una historia de amor. Fue precisamente en la feria de León donde Doña Virginia conoció a Don Pepe, otro comerciante poblano que también recorría las ferias del país. “En León, Guanajuato, efectivamente. De tal suerte que nada más de casados tenemos 43 años”, recuerda entre risas. Desde entonces, el negocio y la familia han crecido juntos, con la feria como testigo.

Te podría interesar: Bebidas que parecen pócimas mágicas: el emprendimiento guanajuatense que mezcla color y creatividad

El mole que ofrecen no es cualquier mole. Elaborado con molino de piedra —“la piedra es la que le da el sabor al mole”, afirma—, su receta original ha sido respetada desde el inicio. Hoy, además del tradicional, ofrecen más de 30 sabores, entre ellos algunos tan singulares como pétalos de rosa, arándano, jamaica o pasas. Aun así, el más solicitado sigue siendo el de la abuela, el que lo empezó todo.

La feria también ha cambiado. Doña Virginia recuerda cuando los papeles oficiales ubicaban el recinto en la “carretera Silao–Irapuato”, porque no había nada más alrededor. “Los terrenos de la feria eran lo único que había”, dice. También rememora los tiempos en que no había celulares y las llamadas llegaban por altavoz: “A la persona de tal stand, tiene una llamada telefónica… y todo mundo se enteraba”.

Pero lo que no ha cambiado es el espíritu feriante. “Empezamos el año con el pie derecho, venir aquí a León y ver a muchos compañeros año tras año”, comparte. Para ella, los comerciantes que comparten pasillo son más que colegas: son parte de una comunidad que se reencuentra cada enero como si el tiempo no pasara.

La historia de Mole Don Pepe es también la historia de la feria. Una historia de constancia, de afecto por León y de un legado que se renueva cada año, entre aromas, recuerdos y la certeza de que el sabor también puede ser una forma de pertenecer.

— No te pierdas