México aplasta 3-0 a Chequia y desata una marea tricolor: el Zócalo, el Ángel y las calles explotan de euforia mundialista
Bastó el silbatazo final para que la capital dejara de ser una ciudad y se transformara en un estadio gigantesco. México goleó 3-0 a Chequia, firmó paso perfecto en la fase de grupos del Mundial y provocó una celebración de dimensiones históricas que convirtió al Zócalo, el Ángel de la Independencia, Bellas Artes, Paseo de la Reforma y decenas de plazas públicas en un solo río verde, blanco y rojo.
No hubo necesidad de convocatoria. La gente simplemente salió. Familias completas, jóvenes con el rostro pintado, niños sobre los hombros de sus padres, adultos mayores envueltos en la bandera nacional. Todos caminaron hacia los lugares donde México acostumbra escribir sus noches inolvidables.
En el Zócalo capitalino, la Plaza de la Constitución volvió a convertirse en el corazón de un país entero. Desde mucho antes del encuentro, miles de personas siguieron el partido en las pantallas gigantes instaladas por el Gobierno de la Ciudad de México. Cuando cayó el tercer gol, el grito fue ensordecedor. Las banderas comenzaron a ondear como un océano; los abrazos fueron interminables; los desconocidos se convirtieron en hermanos durante unos segundos de felicidad absoluta.
Las campanas de la Catedral parecían perderse entre el estruendo de los cánticos. “¡México, México!”, retumbaba una y otra vez mientras las luces de los teléfonos celulares iluminaban la plancha como si fueran miles de estrellas sobre el Centro Histórico.

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La fiesta avanzó por la calle Madero como una corriente imposible de contener. Cada balcón se convirtió en un palco improvisado. Los restaurantes, cafeterías y comercios sacaron a su personal para aplaudir el paso de la multitud. Los turistas observaban sorprendidos una celebración que mezclaba fútbol, orgullo nacional y carnaval.
Frente al Palacio de Bellas Artes, la postal era igualmente monumental. Bajo la luz que bañaba el mármol del recinto cultural más emblemático del país, cientos de aficionados brincaban sin descanso mientras los tambores marcaban el ritmo de los cánticos. Las fuentes se transformaron en escenario para fotografías, abrazos y banderas ondeando al viento.
La Alameda Central se convirtió en un mosaico de familias que improvisaban caravanas mientras vendedores ambulantes agotaban en minutos banderas, cornetas, sombreros y camisetas de la Selección Mexicana. Los mariachis se mezclaban con batucadas; los sonideros competían con las bocinas que repetían una y otra vez el “Cielito Lindo”, convertido nuevamente en el himno no oficial de la noche.
Pero si hubo un punto donde la emoción alcanzó dimensiones descomunales fue el Ángel de la Independencia.
Paseo de la Reforma volvió a demostrar por qué es el santuario de las grandes celebraciones deportivas del país.
Miles y miles de aficionados avanzaron desde distintos puntos de la ciudad hasta rodear completamente el monumento. Las escalinatas desaparecieron bajo una alfombra humana teñida de verde. Bengalas iluminaban el cielo. El humo blanco y rojo envolvía la glorieta mientras los cláxones de cientos de automóviles componían una sinfonía improvisada.
La glorieta era un gigantesco coro.

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“¡Sí se pudo!” y “¡Vamos por la Copa!” se repetían una y otra vez.
Los vehículos prácticamente dejaron de circular. Muchos conductores preferían detenerse para tocar el claxon y unirse al festejo. Otros sacaban enormes banderas por las ventanillas mientras desconocidos se abrazaban en medio de Reforma como si se conocieran de toda la vida.
La celebración no quedó confinada a los lugares emblemáticos.
Las pantallas gigantes distribuidas en distintos puntos de la ciudad también se convirtieron en centros de reunión donde miles de personas vivieron el encuentro y, después, salieron a las calles para prolongar la fiesta. El Monumento a la Revolución, la Alameda, las inmediaciones del Centro Histórico y otras plazas públicas registraron concentraciones masivas en un operativo preparado por las autoridades capitalinas para descentralizar los festejos.
Las avenidas se llenaron de caravanas interminables.
Las motocicletas encabezaban los contingentes haciendo sonar sus motores mientras camionetas y automóviles circulaban lentamente con familias enteras asomadas por los quemacocos agitando la bandera nacional.
Cada semáforo se convertía en un nuevo punto de celebración. Cada esquina era un nuevo estadio. Cada abrazo parecía resumir la esperanza de todo un país.
A pesar de la enorme concentración de personas, el operativo especial implementado por las autoridades permitió acompañar las celebraciones con miles de elementos de seguridad, mientras el Sistema de Transporte Colectivo Metro extendió su horario para facilitar el regreso de los aficionados.

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La goleada sobre Chequia no solo confirmó el gran momento futbolístico de la Selección Mexicana. También regaló una de esas noches destinadas a permanecer en la memoria colectiva.
Porque cuando el árbitro decretó el final del encuentro, el Mundial dejó de jugarse únicamente en la cancha.
Se jugó en cada bandera que ondeó sobre el Zócalo. En cada abrazo bajo el Ángel de la Independencia. En cada grito que rebotó entre las columnas de Bellas Artes.
Y en cada mexicano que salió a las calles convencido de que, al menos por una noche, todo un país latía exactamente al mismo ritmo y pasión por el fútbol.

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