Don Goyo: el hombre del pan gigante
Con panes gigantes, una determinación inquebrantable y un amor profundo por su familia, Don Goyo recorre las calles de León en su viejo triciclo desde hace 47 años.
A simple vista podría parecer solo un vendedor de pan; sin embargo, para muchos leoneses, Gregorio Becerra es ya un símbolo urbano: un hombre que carga no solo piezas de 700 gramos, sino décadas enteras de historias dulces.
A pesar de su avanzada edad y los problemas de salud que lo acompañan, cada mañana encuentra la fuerza para emprender su recorrido.
En un solo día, camina y pedalea más de 48 kilómetros, atravesando colonias como San Miguel, El Coecillo, Las Trojes y Timoteo Lozano, hasta llegar al IMSS T1; una ruta que su nieto plasmó en su celular para no perderse y llevar el pan a cada uno de sus clientes.

Su paso lento, pero firme, es tan familiar como el aroma del pan recién horneado. Y es que lo dulce del pan lo lleva en el corazón desde niño:
“Desde los 13 años mi papá me metió a una panadería; ahí aprendí todo. Hacía campechanas y polvorones. Yo los hacía y los vendía solo. En eso me aventé 17 años”, recordó con nostalgia.
Cuando aquella panadería cerró, el destino lo llevó a una panadería familiar. Ahí encontró no solo trabajo, sino el motor que lo ha movido casi medio siglo: el deseo de repartir un pedacito de dulzura a cada persona que se cruza en su camino.
“Un sobrino tenía un suegro que hacía pan. Un día le sobraron 10 piezas y le ayudé a venderlas a 4 pesos. Luego empecé a pedirle más… y así empecé a trabajar en esto”, contó con una sonrisa humilde.
Desde conchas y chorreadas, hasta panes de vainilla, chocolate y los famosos pelones que vende en 90 pesos, Don Goyo ha llevado el sustento a su esposa, hijos y nietos durante casi 50 años.
Incluso intentó llevar uno de sus panes gigantes nada menos que al Papa Benedicto XVI durante su visita a Guanajuato en 2012. No tuvo éxito, pero su intención quedó grabada en su memoria… y en la de quienes lo escuchan.
Su legado también ha quedado tatuado en generaciones enteras.

“En ese tiempo había clientes de 7 años. A veces me los encuentro y me dicen: ‘¿Se acuerda de mí? Soy la niña que no se quería poner los zapatos; ahora ya soy abuela’. Súmele: 7 años más 47 de lo que llevo trabajando… Ya son 54. Y me dicen: ‘¿Y usted todavía sigue trabajando?’”, contó entre risas.
Encontrarlo es sencillo: basta con seguir el aroma a pan que invade la calle o buscar su triciclo viejo avanzando con calma entre el tráfico. En su camisa cuelga un letrero que advierte que es diabético y muestra números de emergencia, un recordatorio silencioso de que, aun con sus limitaciones, Don Goyo no deja de andar.
Su historia ha conmovido a miles; muchos lo apoyan comprándole pan, otros comparten su recorrido en redes sociales, y no falta quien encuentre en él un recordatorio poderoso: que la constancia, la humildad y el cariño por la familia pueden mover más que cualquier motor.