Blanquita ayuda con el corazón a enfermos de cáncer

Blanquita fundó el Albergue Jesús de Nazaret en León para brindar techo, comida y apoyo a pacientes con cáncer que no tienen recursos
Foto: 4 Noticias.

“Es muy importante que una persona no nada más piense en ella, sino que piense en los demás”, expresó Blanca González Garza, mejor conocida como Blanquita.

La señora Blanca es una persona que se rige con el corazón y los valores, los cuales la llevaron a apoyar a los enfermos de cáncer quienes dormían afuera del hospital antiguo de León después la intensa quimioterapia.

“Los vi y me impresioné, entonces le pregunté a un muchacho que estaba en una colchoneta junto a una señora que se le notaba que estaba enferma y me dijo ‘es que nos quedamos aquí a dormir porque no tenemos cómo pagar un hotel, si a veces no tenemos ni para pagar comida’. Entonces pensé ‘hay que hacer algo, no puede ser que después de unos tratamientos tan dolorosos, tan duros, se queden a dormir en la calle’, se me hizo que era terrible, entonces pensé en conseguir una casa”, comentó con un nudo en la garganta.

Originaria de Zacatecas y leonesa de corazón, hace 35 años fundó con apoyo de sus hermanas el Albergue Jesús de Nazaret en Real de Providencia, en donde atienden a 130 personas con cáncer en las 68 habitaciones.

“La idea al principio era que tuvieran una cama, donde bañarse, donde descansar, pero luego nos dimos cuenta que no tenían ni un quinto para comer, entonces nos dimos a la tarea de darles comida”, compartió con voz decidida.

En este amplio espacio, el paciente y un acompañante puede disfrutar de un cómodo cuarto con dos camas y sillones, baños con regadera comunitarios, un comedor, cocina, transporte e incluso, una capilla.

“Ha sido una bendición, uno aprende de ver a unas personas que no tienen un peso, que tienen una enfermedad muy difícil, que sin embargo siguen luchando por vivir y la idea era esa, que pudieran salvarse”, dijo mientras se le escapaba una sonrisa.

El gran sentido altruista que lleva en el ADN Blanquita lo aprendió de su padre, quien era un gran médico en su tierra natal y dueño de una farmacia, ahí, ella lo ayudaba cada martes a regalarle medicinas a los que menos tenían.

“Es un regalo de Dios que uno se dé cuenta que hay tanto dolor en la vida y que pudimos hacer algo y seguimos haciendo algo por la gente necesitada, sobre todo, enferma. Él me enseñó, el ejemplo de mi papá me enseñó y yo sí pienso mandar un mensaje que es muy importante y te hace mucho más feliz no nada más pensar en ti, pensar también en los demás”, agregó mientras veía el techo.

Es así, como el albergue se mantiene de pie a pesar de las dificultades, motivados siempre con el motor de la ayuda al prójimo.

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