Arturo, el guanajuatense que migró para salvar a su madre
“Yo me fui a la edad de 15 años, más que nada por la necesidad, por las carencias. Todo con con la finalidad de tratar de solventar a mi madre enferma”.
Esa, fue la primera motivación de Arturo Gutiérrez, migrante originario de Bajío Bonillas, Silao, Guanajuato.
Arturo emprendió el camino migrante siguiendo a sus hermanos, motivado por la necesidad de ayudar a su madre, quien padecía cáncer, y por las carencias que su familia enfrentaba.
“Primero, porque mi madre padecía una enfermedad, tenía cáncer, y me fui con la finalidad de tratar de solventar un poco de lo que ella necesitaba”, expresó con los ojos llenos de lágrimas.
El trayecto hacia Estados Unidos no fue sencillo. Arturo recuerda que salió “a la buena de Dios”, sin saber exactamente cómo ni por dónde llegarían.
“Nos fuimos a la aventura, porque en verdad no sabíamos ni cómo íbamos a llegar. Uno iba joven, inexperto, pero ya cuando te vas yendo más tiempo, te das cuenta de las necesidades”.
En el camino, el hambre y el cansancio se volvieron compañeros constantes. “Sí pasamos muchos problemas, hambre, atravesando el cerro”, relató. Tras cruzar, llegaron a zonas como El Centro y Coronado, en California, donde tomaban taxis y recibían ayuda de personas que los trasladaban hasta Fresno, California para trabajar en el campo.
“Nos levantándonos a las cinco de la mañana para trabajar, fue un poco duro, pero gracias a Dios, aprendimos a amar la vida y a amarnos nosotros”, dijo orgulloso.
Con los años, el esfuerzo dio frutos. Hoy, sus hijos son ciudadanos estadounidenses. “Mis hijos, gracias a Dios, ahorita son ciudadanos, vienen y salen, y eso para mí es mi mayor tesoro”.
En 1982 sufrió un grave accidente en Tijuana, donde estuvo a punto de morir.
“A mí ya me taparon porque me hacían muerto, pero antes de perder el conocimiento hubo una voz dentro de mí y yo le imploré a Dios que no me quería morir. ¿La razón? Porque estaba lejos de mi madre y de mi familia y sabía que necesitaban de mí”, narró con un nudo en la garganta.
Fue hasta 1986, cuando logró arreglar sus papeles gracias a un hombre que recuerda con gratitud. “Nos habló un hombre para nosotros muy excepcional, él fue el que nos ayudó a arreglar nuestros papeles a mí y a varios inmigrantes”.
Con documentos en regla, Arturo pudo llevarse a su familia a Estados Unidos. “Me llevé a mi esposa y a mis hijos cuando estaban pequeños, de cinco y seis años, Carmelita y César”.
Con el paso del tiempo, junto con otros migrantes, comenzó a apoyar a su comunidad en Guanajuato. “Como grupos, de comunidad, hemos tratado de ayudar: mandando despensas, sillas de ruedas, apoyando anexos y a la gente más necesitada”.
Aunque hoy cuenta con documentos, Arturo no es ajeno al sufrimiento de quienes siguen migrando sin protección. “Es muy triste mirar cómo se desintegran las familias, los hijos quedan a la deriva, las mujeres igual”.
Actualmente, ya jubilado, Arturo viaja varias veces al año a su tierra natal, disfrutando de la vida tranquila y la compañía de su gente.
“Aquí están mis raíces, mi gente, y yo creo que aquí me voy a quedar. Aquí está mi vida, allá es un estrés muy grande. Aquí uno se siente feliz”, agregó.
Aunque su familia sigue en Estados Unidos, él encuentra en Guanajuato un espacio para relajarse, reflexionar y transmitir un mensaje a quienes buscan un futuro mejor.
“Siempre encomiéndense a Dios antes de salir, échenle ganas, que sí se puede y que siempre hay esperanza en la vida”, concluyó.