El oficio de embalsamar: entre la técnica y el último acto de amor
Luis Javier Santos, tanatopractor en León, Guanajuato, ha dedicado su vida a preparar cuerpos para el último adiós. Su historia comienza en la funeraria de su padre, donde la muerte dejó de ser tabú y se convirtió en vocación.
Una infancia entre planchas y despedidas
Desde los nueve años, Luis Javier convivió con la muerte. “Yo desde niño fui creciendo con todo esto. Me topaba en las mesas de trabajo, en las planchas, diferentes historias”, recuerda. Su primer contacto con una persona fallecida ocurrió en la funeraria familiar, en la colonia San Juan de Dios.
Hoy, con más de diez años de experiencia profesional, se desempeña como técnico tanatopractor, especializado en embalsamamiento y tanatoestética.
¿Qué hace un embalsamador?
El embalsamamiento es un proceso químico que retrasa la descomposición del cuerpo, permitiendo que los familiares más distantes puedan despedirse. “Un cuerpo embalsamado puede durar hasta 7, 15 días sin ningún problema”, explica Santos.
Además de preservar, el embalsamador también reconstruye. “Ningún cuerpo es igual. Todos tienen diferentes enfermedades, maneras de morir”, señala. En casos de fallecimientos trágicos o accidentales, el reto técnico se multiplica: “Hay veces que el rostro es el más afectado. Las reconstrucciones para mí son lo más retador”.
Tanatoestética: dignidad en el último adiós
La tanatoestética busca devolver el semblante al difunto mediante hidratación de la piel, masajes post mortem y maquillaje discreto. “Tratamos de dejarlos lo más natural posible”, afirma. El objetivo no es solo estético, sino emocional: brindar paz a los deudos.
También hay una dimensión sanitaria. “Se pueda ver estéticamente bien, pero no menos importante es preservar el cuerpo desinfectado, principalmente para evitar un riesgo sanitario en una sala de velación”, advierte.
El costo de morir
Los servicios funerarios en León pueden oscilar entre los $14,000 y $15,000 pesos, aunque la cremación suele ser más accesible. Santos recomienda prevenir: “No es lo mismo ir pagando un plan previsor, un plan de servicio funerario, a desembolsarlo en el momento del deceso”.
Entre la muerte y la vida
Luis Javier no teme a la muerte. La entiende como parte de su rutina. “Es el pan mío de cada día”, dice. Sin embargo, desde que se convirtió en padre, hay casos que lo conmueven profundamente. “Lo que se me ha presentado difícil o conmovedor, son los niños. Sé que tengo que ayudar a ese angelito a estar bien, a verse bien con su familia”.
Para él, embalsamar no es trabajar con muertos, sino ayudar a las familias en su último acto de amor. “Me llena porque siento que logré mi objetivo: darle tranquilidad tanto a quien perdió la vida como a la gente que se queda en este plano terrenal”.