Alejandra Arroyo convierte la flor de cempasúchil en tamales y atole
Entre el aroma del maíz, el piloncillo y los pétalos anaranjados del cempasúchil, Alejandra Arroyo, cocinera tradicional con más de 50 años de trayectoria, originaria de Pénjamo, rescata una costumbre ancestral: incorporar flores comestibles en la cocina mexicana.
Desde su cocina en el Centro Nuevo Comienzo, enseña a preparar tamales y atole de cempasúchil, un platillo que además de honrar a los difuntos celebra el ingenio y la conexión con la tierra.

“Es una flor comestible y muy noble, que se puede incorporar a lo que siempre tenemos en la cocina: la masa, el maíz, los chiles, el piloncillo. Empezamos a innovar, a probar, y la gente lo ha recibido muy bien. Cada año los preparamos porque los esperan”, explicó.
La cocinera mezcla los pétalos del cempasúchil con chile guajillo, ajo, comino, cebolla y pimienta para obtener un guisado de color rojizo, intenso y aromático. “En los tamales se notan los pétalos. Cuando la flor está en su punto, una semana antes del
Día de Muertos, su color es más vivo y el sabor más fuerte. Es justo cuando hay que usarla”, detalló.

A la par, prepara atole de cempasúchil, una bebida espesa con piloncillo y pétalos que al hervir sueltan su característico color naranja.
“Está riquísimo, pero por la pantalla no se puede probar dice sonriendo. Es un sabor fresco, sabroso, económico y de temporada. En las tardes otoñales, con el clima entre caluroso y fresco, se antoja muchísimo un atolito calientito”.
Su conocimiento no se limita al cempasúchil. Alejandra también cocina con flor de calabaza, jamaica, amapola y pasiflora, cada una con propiedades y sabores distintos. “Todas se pueden usar en sopas, salsas, mermeladas o jaleas. Se trata de experimentar, de hacer una fusión dulce o salada”.
Con orgullo, comentó que ha llegado a preparar hasta 200 tamales por temporada, y que comparte su conocimiento con mujeres del Centro Nuevo Comienzo, donde imparte clases de cocina tradicional.

“Les enseño para que también lo vendan y lo usen en sus negocios. Es bonito ver que una receta se vuelve una oportunidad de vida”, resaltó.
Para Alejandra, la cocina es más que técnica: es un acto de cariño. “Cocinar es dar amor a nuestros seres queridos. En cada tamal ponemos un pedacito de nuestro corazón. Por eso sale rico, porque está hecho con amor y con mucho corazón“.
Así, en Pénjamo, la flor del Día de Muertos deja el altar y llega al plato, recordando que en México la tradición también se saborea.