Más que reparar relojes, Mario Serrano devuelve recuerdos que parecían perdidos
“Cuando tú haces las cosas con amor, con gusto, siempre las vas a hacer”, así describe Mario Alberto Serrano Valadés la pasión que durante 45 años lo ha mantenido dedicado a la relojería, un oficio que no solo aprendió desde niño, sino que lleva en la sangre desde hace tres generaciones.
En el marco del Día Internacional del Relojero, que se conmemora este 3 de noviembre, Mario compartió la historia de una tradición familiar que comenzó con su bisabuelo José Serrano, continuó con su abuelo Agustín Serrano Ortiz y su padre, Mario Serrano Sánchez, hasta llegar a sus manos.
Originaria de San Juan del Río, la familia llegó a León, donde su abuelo encontró la oportunidad de incursionar en la relojería y la joyería en 1950, después de conocer a una persona que se dedicaba a estos oficios y con quien decidió emprender un negocio.

Un oficio que aprendió desde niño
Mario recordó que su acercamiento a la relojería comenzó cuando tenía apenas siete años, al acompañar a su padre a su taller. Pasaba horas observándolo trabajar hasta que, entre los ocho y nueve años, recibió su primera oportunidad de desarmar un reloj.
“Yo estaba nada más viendo, viendo, viendo, viendo. Y un día me dice: A ver, vente, siéntate. Desármame ese reloj. Empecé, lo desarmé todo y después me dijo: Ahora ármalo. Así fue como empecé”.
Aunque durante su infancia combinó el aprendizaje con la escuela y los juegos, fue entre los 15 y 16 años cuando decidió dedicarse de lleno al oficio y comenzar a trabajar por cuenta propia.

Paciencia, precisión y experiencia
Detrás de cada reloj que vuelve a funcionar existe un trabajo minucioso que requiere paciencia, concentración y mucho tacto.
El relojero explicó que, a diferencia de los actuales mecanismos de cuarzo, los relojes mecánicos de hace algunas décadas podían tener más de 100 piezas, por lo que desarmarlos, limpiarlos y volver a ensamblarlos representaba un verdadero desafío.
“Es como si hicieras un rompecabezas. Lo difícil es aprender dónde van las piezas, recordar cómo las vas quitando y tener mucha paciencia, porque a veces los relojes no quedan a la primera y tienes que volver a desarmar y armar”.
A sus 45 años de experiencia, Mario también ha buscado mantenerse actualizado mediante cursos especializados y capacitaciones sobre nuevas marcas y mecanismos, pues reconoce que la tecnología continúa transformando la fabricación de relojes.

Reparar recuerdos, más allá de dar la hora
Una de las mayores satisfacciones de su trabajo no está únicamente en conseguir que un reloj vuelva a funcionar, sino en recuperar objetos que representan una historia familiar.
“Te dicen: Es que ya lo llevé aquí y allá y usted ya me lo pudo arreglar. Me lo había regalado mi abuelito, mi tío o mi papá. Entonces es cuando uno siente la satisfacción de decir: bueno, ya cumplí con mi trabajo y, al mismo tiempo, le hicimos un regalo a esa persona”.

Un oficio que se resiste a desaparecer
Aunque considera que el uso de los teléfonos celulares ha reducido la necesidad de consultar la hora en un reloj, Mario cree que la relojería todavía tiene futuro, principalmente porque estas piezas también se utilizan como accesorios y conservan un valor especial para muchas personas.
Sin embargo, advirtió que cada vez son menos quienes se dedican a este oficio y que la fabricación de relojes más sencillos podría reducir la demanda de reparaciones especializadas.
“Yo creo que todavía tenemos muchos años con este oficio. No creo que se acabe de la noche a la mañana. A lo mejor no te haces rico con este oficio, pero te puedes mantener”.
Después de más de cuatro décadas frente a los mecanismos, engranes y pequeñas piezas que dan vida a un reloj, Mario tiene claro que no cambiaría su profesión por ninguna otra.
“Para mí es una forma de vida, porque siempre me he dedicado a esto y no me veo haciendo otra cosa. Para mí significa mi vida”, concluyó.

Mario Alberto Serrano Valadés, relojero con 45 años de experiencia.