Alfeñiques de León conservan recetas secretas y tradiciones familiares de más de 60 años

La Feria del Alfeñique es una oportunidad para que comerciantes mantengan viva tradición que año con año reúne a familias.
Foto: Antonio Partida

Detrás de cada calaverita, fruta de azúcar y figura de alfeñique que se vende en León hay horas de trabajo, recetas heredadas y recuerdos familiares que pasan de generación en generación.

En la Feria del Alfeñique, comerciantes mantienen viva una tradición que cada año reúne a quienes buscan los dulces de su infancia y a nuevas generaciones que apenas descubren estas creaciones.

Una de ellas es una comerciante que aprendió el oficio de su madre, doña Sara, y que lleva más de 60 años dedicada a la elaboración de estas figuras. Aunque reconoce que el proceso es pesado y requiere paciencia, asegura que el cariño por su trabajo es lo que la motiva a continuar.

“Es trabajoso, es pesado, pero me encanta. Me encanta y me gusta hacer las cosas con ganas, con cariño, con amor, para que queden bonitas”.

Para ella, el valor del alfeñique va más allá de la venta de dulces, pues representa una costumbre que debe mantenerse viva durante las celebraciones de Día de Muertos.

“Me gusta hacer todo eso para que sigan las tradiciones vivas. Que no se acabe, que haya personas invitando a más gente a participar, a ver, a valorar, sobre todo los tiempos y lo que es vida y muerte”.

Recetas heredadas que llegan hasta Estados Unidos

Entre las particularidades de su trabajo está una receta familiar que utiliza para elaborar pequeñas frutas de azúcar, una preparación que aprendió de su madre y que considera especial por su sabor.

La comerciante elabora entre 24 y 27 variedades de figuras al año, entre ellas nopales, sandías, limones y otras frutas que buscan conservar una apariencia cercana a la natural. Las piezas se venden a tres por 10 pesos.

La receta ha despertado el interés de clientes que incluso regresan a buscarla después de probarla. Recuerda el caso de un visitante que llegó desde Estados Unidos durante sus vacaciones y que acudió al puesto con la intención de llevarse sus dulces a casa.

“Me venía buscando. Dice: ‘Vengo de vacaciones y vengo a visitar a mi familia, pero con el pretexto de llevarme la frutita que usted hace’”.

Para ella, estas experiencias confirman que el trabajo artesanal puede trascender fronteras y que el reconocimiento de los compradores hace que el cansancio valga la pena. “Me gusta que la gente sepa valorar el trabajo, lo que es”.

La elaboración tampoco es sencilla. Algunas piezas requieren varios días de preparación, especialmente las que llevan procesos adicionales de decoración.

“Es de días, dos, tres días. Entonces es lo que hacemos de hecho en blanco, porque ya adornado es más tiempo”.

Rosario Herrera | Foto: Antonio Partida

Nuevas figuras para mantener viva la tradición

La innovación también forma parte de esta tradición. Carla es una comerciante que representa a la segunda generación de su familia busca atraer a los visitantes con nuevas figuras y presentaciones que complementan los dulces tradicionales.

Entre sus productos hay pequeñas manos, calaveritas, animales, figuras de catrinas y miniaturas de pan que llaman la atención por su tamaño y elaboración.

Su madre, Celia, es la creadora de los mini panecitos, una propuesta que renuevan cada año para ofrecer algo distinto a sus clientes. Entre las piezas que más llaman la atención se encuentran las conchas, los pingüinos y otras variedades de pan en miniatura.

La comerciante explicó que el objetivo es conservar la esencia del negocio familiar, pero también sorprender a quienes regresan cada temporada.

Los dulces tradicionales y las miniaturas se ofrecen a precios accesibles, como tres piezas por 10 pesos en algunos de sus productos, lo que permite que las familias conozcan y adquieran estas creaciones.

Comprar alfeñiques también ayuda a preservar la memoria

Para quienes dedican su vida a este oficio, la Feria del Alfeñique representa una temporada de esfuerzo, pero también una oportunidad para compartir con nuevas generaciones una parte de la historia de León.

La comerciante con más de seis décadas de experiencia recordó que, cuando era niña, las casetas de madera instaladas sobre la avenida Miguel Alemán recibían a familias que acudían a comprar dulces y figuras para regalar a sus hijos, amistades y maestros.

“Me acuerdo cuando mi mamá hacía unos corazones grandotes, hacía más figuras, fruteros que parecían de veras fruta normal y todo eso compraban los muchachos”.

Esos recuerdos son parte de las razones por las que insiste en invitar a más personas a conocer y probar los alfeñiques, especialmente a quienes todavía no están familiarizados con esta tradición.

“Hay personas que no conocen o no vienen o no saben qué es el dulce de alfeñique hasta que lo prueban”, concluyó.

Carla Valadez | Foto: Antonio Partida

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