La cocinera tradicional que rescató la gastronomía chichimeca en las montañas de Guanajuato

 

María del Carmen Hernández preserva la herencia culinaria del pueblo Úza en San Luis de la Paz. Conoce su historia de resistencia, sazón y orgullo indígena
Fotos: Guadalupe Atilano

El viento sopla con un aroma inconfundible en las montañas de la Sierra Gorda de Guanajuato. Huele a tierra húmeda, vegetación, mezquites, leña recién cortada y a copal. El silencio se rompe con el canto de las aves y el sonido del comal que empieza a calentarse a fuego lento sobre el fogón de la cocina de María del Carmen Hernández Mata, cocinera tradicional de la comunidad Misión de Chichimecas, en San Luis de la Paz.

Un ritual de agradecimiento a los cuatro elementos

Antes de preparar los alimentos, agradece con un ritual en el que Carmelita “como todos la llaman afectuosamente” eleva una oración a Dios y agradece a los cuatro elementos: la tierra que alimenta, el agua que da vida, el aire que respira y el fuego que transforma los insumos.

En entrevista para Cuatro Noticias, compartió su profundo gusto por la cocina, que para ella significa una forma de recordar a quienes ya se fueron, así como conservar la tradición, la cultura, las costumbres y el legado de su herencia indígena. Cada receta que sale de su fogón guarda la historia de un pueblo que ha resistido el paso del tiempo.

“Para mí es muy importante ser cocinera tradicional, porque así doy a conocer los platillos que se han ido perdiendo. Me gustaría que hubiera más personas haciendo todo esto; que mis mismas hijas digan: “yo voy a hacer lo que mi madre hacía”, compartió.

Sabores del semidesierto y resistencia del pueblo Úza

Con orgullo, porta la vestimenta característica de la comunidad que la vio nacer, el hogar del pueblo Úza “término con el que se autodenomina la población chichimeca-jonaz”, descendientes de los antiguos habitantes de estas tierras. Esta comunidad aún conserva su lengua originaria, aunque actualmente quedan pocos hablantes, por lo que se considera en peligro de extinción.

Fotos: Guadalupe Atilano

Con una sonrisa y la frente en alto, Carmelita expresó: “Portar esta vestimenta es un orgullo. De hecho, cuando empecé, mucha gente se burlaba, pero yo no me avergüenzo”.

Ella custodia las técnicas, conocimientos y recetas heredadas de generación en generación de una de las cocinas tradicionales más representativas del estado. Cabe señalar que en la gastronomía de Misión de Chichimecas es común utilizar ingredientes nacidos de la tierra semidesértica. Uno que jamás falta en la comida de Carmelita es el chilcuague, una planta silvestre que sirve para sazonar y limpiar el paladar, permitiendo apreciar mejor los sabores. Mientras platica, hace tortillas, prepara salsa en el molcajete y cocina quelites y verdolagas; cada guiso servido en la mesa habla de identidad y resistencia.

Recuerdos de infancia

Con nostalgia y los ojos cubiertos de lágrimas, Carmelita recordó su infancia. Evocó aquellos años en los que el humo del fogón impregnaba su ropa y el aroma de los frijoles, los nopales y el maíz anunciaban que ya era hora de sentarse a la mesa. Esos sabores nunca desaparecieron de su memoria y hoy son la guía en cada platillo que confecciona.

“Mi niñez, de lo que yo recuerdo de mi infancia, es que tuve padres maravillosos. Dice Dios: “te voy a hacer un jarro nuevo”, y creo que eso hizo conmigo”.

Su gastronomía busca rescatar los ingredientes originales y las formas ancestrales de elaboración que durante décadas dieron identidad a su entorno. Por ello, mientras sus manos trabajan con la misma paciencia que heredó de su madre, ahora transmite sus conocimientos a su nieta. Como parte de sus metas futuras, le gustaría escribir un libro, aunque aclara que una receta no es solo ponerla en un papel, sino que requiere de enseñanza y voluntad para continuar con la tradición.

El empoderamiento de las mujeres indígenas más allá de las fronteras

Carmelita es una mujer que tiene sueños y lucha por ellos. Aunque su vida comenzó entre carencias económicas y desafíos que parecían imposibles de superar, nunca permitió que los límites los impusiera su origen; ella decidió marcar la diferencia.

“Me gustaría que las mujeres de mi comunidad se empoderaran haciendo las cosas que les gustan, para bien. Por ejemplo, lo que a mí me gustó es ser cocinera, y aparte soy sahumadora y danzante. Para mí todo eso es lo que traigo y lo que me nace del corazón”.

Durante años soñó con algo que muchos considerarían sencillo: subir a un avión. Para ella parecía una meta inalcanzable para una mujer indígena nacida entre montañas, habiendo vivido entornos de opresión y violencia. Sin embargo, un día ocurrió. Cuando el avión despegó y vio cómo todo se reducía desde la ventanilla, comprendió que los sueños no distinguen entre ciudades o comunidades, riqueza o pobreza; se alcanzan cuando te atreves a perseguirlos.

Yo tengo muchos sueños, no soy de las personas que se quedan estancadas. El que no sueña es porque ya está muerto, y yo no estoy muerta. Yo sueño con salir adelante, que Dios me dé licencia de seguir”.

Hoy en día ella sigue soñando, cocina, enseña y lleva con orgullo los sabores de Misión de Chichimecas a Guanajuato, México y el mundo.

“Para hacer lo que a uno le gusta no hay límites. Uno debe de pensar que uno puede. Es decir: yo puedo, yo quiero y yo lo hago”, concluyó María del Carmen Hernández Mata.

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