Dejó la CDMX para exponer la otra cara del Tren Maya: el precio alto del periodismo independiente en el sureste de México
“Una diminuta historia, en una diminuta localidad… contada lo mejor posible, puede cobrar dimensiones de interés nacional”. Bajo esta poderosa premisa, el periodista independiente Ricardo Hernández decidió abandonar la Ciudad de México y los grandes medios para contar la realidad desde el sureste del país. Durante el panel “El arte de narrar en la era de los datos”, en la jornada especial “Vivo Contigo” de TVCUATRO, el comunicador de 34 años reveló en exclusiva por qué dejó la comodidad de la capital para convertir los relatos de las comunidades más pequeñas en un espejo de nuestra sociedad.
Alejarse de la agenda diaria
Ricardo Hernández no busca la inmediatez de los titulares ni la urgencia de la agenda diaria. Su mirada se dirige hacia los rincones apartados, donde las historias suelen pasar inadvertidas. “Lo que hago es justamente alejarme de la agenda diaria, de las noticias diarias, para contar historias en lugares apartados”, explicó.
Su especialidad son los temas que tocan fibras sensibles: infancia, medio ambiente, drogas, derechos humanos e inmigración. En cada comunidad, la proximidad con la gente le permite escuchar voces que rara vez llegan a los noticieros nacionales y construir relatos que muestran la realidad desde ángulos múltiples y humanos.
Rigor y compromiso
El periodismo de Hernández no se improvisa. Cada reportaje es fruto de meses de investigación, de confirmaciones y contrastes, de un esfuerzo por narrar con precisión y sensibilidad. “Me tardo meses investigando, confirmando, contándolo de la mejor manera posible… y cuando la gente lo lee, lo aprecia y lo identifica”, señaló.
Un ejemplo claro fue su cobertura del Tren Maya. Mientras la mayoría de medios repetían cifras y discursos oficiales, él decidió mirar hacia las historias paralelas: los niños de una comunidad en la selva de Campeche que habían documentado 240 especies de aves y que denunciaban la pérdida de su entorno natural.
“Estaban muy molestos porque les habían arrancado árboles y ya no veían las aves que antes solían ver. Ese tipo de impactos pequeños para mí son muy significativos y me siento comprometido con contarlos”, relató.
El costo de la independencia
La independencia narrativa tiene un precio: vivir sin la seguridad económica de un empleo asalariado. “Yo no tengo prestaciones de ley porque no tengo contratos fijos con los medios con los que colaboro… no tengo aguinaldo, no tengo vacaciones, no tengo un salario fijo, etcétera. Lo que hago es vender mis piezas a distintos medios y, en ocasiones, acceder a becas o apoyos que me permiten seguir trabajando”, compartió.
Ese modelo de trabajo le da libertad, pero también lo expone. Y cuando se tocan temas incómodos que trastocan intereses económicos y políticos —como la destrucción ambiental, el crimen organizado o la afectación a comunidades indígenas y poblaciones vulnerables— el riesgo se multiplica. Por eso Hernández es enfático: “Que adopten a su periodista de confianza. Cada vez que hay un nuevo lector que me identifica, me siento más protegido… más ojos sobre mí significan quizás un poquito menos riesgo. La invitación es a que también la ciudadanía haga su parte: conocer y empatizar con los periodistas, con nuestro trabajo, con todo el esfuerzo que significa ser una pieza periodística… y que lo valore.”
Seguir a un periodista independiente no es un gesto menor. Cada vez que lo identificamos y lo acompañamos en su trabajo —ya sea en un podcast, en un documental de plataformas digitales, en un periódico o en la televisión— lo estamos blindando. Le damos visibilidad, lo protegemos y reconocemos su esfuerzo. Esa es la importancia de valorar y dar seguimiento al periodismo independiente: aquel que cuenta historias sin más línea editorial que el compromiso con la verdad y con la sociedad.
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