El circo se lleva en la sangre, entre risas, sacrificio y la pasión de quienes viven para la pista

Detrás de la carpa, el Robert Circus cumple 43 años en la Feria de León sosteniendo una forma de vida hecha de tradición, riesgo y pasión
Foto: Especial

Mientras miles de personas recorren la Feria de León entre luces, música y ruido, detrás de una carpa se sostiene un mundo que no se apaga cuando termina la función.

Ahí, entre remolques, ensayos, lesiones y risas, vive el circo. Un circo que no solo se presenta, sino que se habita.

Así lo relataron quienes forman parte del Robert Circus, un espectáculo que cumple 43 años de presentarse en la Feria de León, Guanajuato, uno de los escenarios más importantes de su historia.

Para Raymundo Campa, mejor conocido como el payaso Mundo, hablar del circo es hablar de identidad. “Yo no me metí al circo por casualidad. Yo soy cuarta generación de artistas de circo”, afirmó.

Su historia está marcada por apellidos que han sido sinónimo de pista, carpa y tradición: los Hermanos Bells, los Campa, los Payasónicos, Huarachin y Huarachon. “Cuando dices Campa, tal vez no suene mucho, pero cuando hablas de los Payasónicos, ellos son Campa, son mis primos; Huarachín y Huarachón también son Campa”, relata.

Paradójicamente, Mundo no nació payaso. “Yo era trapecista”, recuerda. Fue una casualidad, durante una gira en Inglaterra, la que lo llevó a colocarse la nariz roja por primera vez.

“El payaso no estaba listo, me vestí y el empresario dijo: mejor que él salga de payaso”. Así nació un personaje que terminaría presentándose en uno de los escenarios más emblemáticos de Europa, el Tower Circus, donde décadas antes se habían presentado figuras como El Gordo y el Flaco.

“Imagínate cumplir 100 años en ese auditorio y que el payaso fuera yo, cuando nunca había sido payaso”, expresó.

El regreso a León también estuvo marcado por el destino. “Estando en Inglaterra conocí a una señora en Bélgica, resultó que su hijo era el presidente de la Feria de León. Así nos recontrataron otra vez”, recordó.

Desde entonces, Robert Circus ha construido una relación histórica con el público leonés. “Esta es la feria más importante que yo he visto. No sé si esté entre las tres más grandes del mundo, pero no tienen nada que hacer con la Feria de León”, afirmó.

Más allá de la historia, el circo es exigencia diaria. Mundo ha creado más de 100 rutinas cómicas, algo poco común incluso a nivel internacional.

No hay payasos que te puedan presumir más de 100 actos. Y yo los he presentado aquí, en esta feria. Dicen que es más difícil hacer reír que hacer llorar, y es cierto. Convencer al público es lo más difícil que hay”, destacó el Payaso Mundo.

A pesar del paso del tiempo y las lesiones, el compromiso no se rompe. “Yo traigo los ligamentos cruzados rotos, el menisco, la tibia fracturada. En las noches no puedo dormir del dolor, pero cuando empieza la función es como si me dieran diez aspirinas. El circo es mi vida. Yo vivo para el circo”.

Esa misma pasión se replica en las nuevas generaciones y en quienes han llegado desde fuera, como Francisco Iván Pérez Luna, trapecista, quien prácticamente creció entre funciones. “Yo creo que desde que tengo dos años me dedico a esto. Prácticamente nací aquí”.

Su camino no fue una elección consciente, sino una continuidad natural. “No hubo un momento en el que dijera esto es lo mío, simplemente crecí haciendo lo que hacía mi familia”.

El escenario, impone respeto. “Al principio me daban muchos nervios, ver tanta gente alrededor, pero después se volvió divertido”.

Actualmente, el acto de la cama elástica es un reto constante. “Todos los días buscas hacerlo mejor. Se vuelve un reto personal”. Los errores existen, pero se enfrentan con improvisación. “Si algo sale mal, lo improvisamos o nos reímos y seguimos con el espectáculo”.

Para Eddie Campa, de 22 años, el circo no es solo un trabajo, es un legado familiar. “Somos la quinta o sexta generación. Prácticamente nacimos en el circo”. Nieto del fundador, Don Roberto Campa, Eddie reconoció que salir a la pista implica responsabilidad. “La tensión está en nosotros. Sabes que la gente está viendo y esperando”.

Ha tenido la oportunidad de llevar su talento fuera del país. “Hemos trabajado en Taiwán y en Europa. Representar a mi familia, a mi país y a la gente de León es algo indescriptible”.

Para él, el aplauso es la mayor recompensa. “La gente solo ve el acto, no ve todo lo que hay detrás. Cada artista aquí tiene un valor enorme”.

No todos los caminos comienzan dentro de una familia circense. Ángel David Campo Rocha, de 21 años, llegó al circo buscando trabajo.

“Yo no soy de circo. Llegué externamente, empecé ayudando en las luces y después me llamó la atención la cama elástica”, relató.

Aprendió desde cero, enfrentando miedos y caídas. “Me he salido del trampolín, me he salido de la red, pero me levanto y lo vuelvo a hacer. Es por el público”.

La concentración, es su mayor desafío. “Antes de salir escucho música de meditación para visualizar lo que voy a hacer. Quiero ser uno de los mejores trapecistas del mundo. Entreno todos los días para eso”.

Una historia similar es la de Ricardo Ávila Espinosa, quien llegó desde un parque de trampolines. “Yo pensé que ya sabía brincar, pero aquí empecé prácticamente desde cero”.

Adaptarse a la técnica profesional fue un reto. “No es brincar por brincar, es que se vea bonito, que el público lo disfrute”. En medio de generaciones, lesiones, viajes y transformaciones tecnológicas, el circo se mantiene fiel a su esencia.

“Aquí no perdemos la esencia del circo. Mientras haya un niño en el mundo, habrá un circo”, expresó Mundo.

Robert Circus apuesta por el brillo, el vestuario, la cercanía con el público. “Queremos que la gente venga y se deslumbre, que se vaya contenta y recomiende el espectáculo”, concluyó el Payaso Mundo.

A 43 años de historia en la Feria de León, el circo sigue demostrando que no solo se monta una carpa: se sostiene una forma de vida. Una vida donde el dolor se oculta tras la sonrisa, el miedo se enfrenta en el aire y la tradición se hereda función tras función, aplauso tras aplauso.

Foto: Cortesía

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