Así se está viviendo el combate de rosas en León

En León, el combate de rosas reúne cada septiembre a jóvenes y adultos entre música, historia y romance, manteniendo viva una tradición de más de 100 años
Foto: 4 Noticias.

Apenas amanecía y las calles del Centro Histórico de León ya respiraban a rosas. Los puestos se alistaban con cubetas llenas de flores frescas, listas para el intercambio que, más tarde, transformaría la ciudad en un desfile de aromas, colores y besos.

Desde las ocho de la mañana comenzaron a llegar los primeros interesados en el amor o, al menos, en la posibilidad de un encuentro. Bien perfumados, bañados y vestidos con su mejor ropa, esperaban la caída del sol. Y cuando el reloj marcó las cinco de la tarde, las primeras centenas de leoneses ya habían convertido la espera en una marea de miles.

En cada esquina se escuchaba la misma palabra coreada por grupos de amigos: “¡beso, beso, beso!”. Entre la timidez y la adrenalina, los jóvenes se acercaban a cortejar con una rosa en mano. A veces conseguían un beso en la mejilla; otras, más atrevidos, lograban uno en los labios.

Pequeños grupos hacían del combate un juego colectivo, llevando la cuenta de la duración de los besos: “uno, dos, tres, cuatro, cinco…”. Hubo incluso quienes contaron hasta veinticinco segundos, antes de que una flor sellara el momento.
Las flores, de todos los colores, inundaban el lugar: amarillas, rosas, moradas y, sobre todo, rojas, las preferidas de muchas mujeres.

Entre la multitud, David Huerta caminaba con un ramo de 24 rosas. Su estrategia era clara: recorrer el centro dos veces, acercarse con timidez, pero también con determinación.

“Primero que nada llego y les digo: oye amiga, ¿quieres intercambiar una rosa por un piquito o un abrazo?’ Ya depende de ella si me dice que sí o no. En varias ocasiones uno tiene que convencerlas y tratarlas con cariño”, compartió contento.

La perseverancia rindió frutos: una joven aceptó su propuesta y le dio un beso en la boca. “Me siento muy feliz, se logró una. Ahora me faltan 23”, celebró entre risas.

Más adelante, la historia cambiaba de tono. Sergio Huerta llevaba 14 años de matrimonio con Ester. A ella le regaló cuatro flores, entre ellas una muy especial: una rosa eterna hecha de listón azul.

“Cuando esta rosa se marchite, dejaré de quererte”, le dijo con una sonrisa. Ella, conmovida, la tomó entre sus manos y continuaron su paseo tomados de la mano, disfrutando de las risas de los más jóvenes.

El combate también evocó memorias. Teresa Yedra, testigo de la tradición desde hace décadas, recordaba cómo un día así cambió su vida.

En mis tiempos era un cortejo bonito, los besos nos los dábamos en la mejilla. Yo conocí a mi esposo un día como este, hace 19 años. Se me acercó y me pidió un beso en la mejilla, pero se volteó y me lo dio en la boca. Así comenzó nuestro amor”, recordó.

La escena de Teresa se replicaba de mil formas en la plaza y en el parque: besos rápidos, risas nerviosas, promesas de amor eterno. El combate, que hoy parece un “ligue”, hunde sus raíces en el México del siglo XIX. Primero fueron pañuelos, luego cascarones de confeti, hasta que, hace más de 60 años, León adoptó las flores como símbolo del encuentro.

Aunque no nació como parte de las Fiestas Patrias, el combate terminó por entrelazarse con ellas. Cada septiembre, el Centro Histórico se convierte en escenario que une a generaciones: abuelos que cuentan cómo ahí conocieron a su pareja, jóvenes que buscan su primer beso, y matrimonios que reafirman su promesa.

Con más de 100 años de historia, el combate de flores no es solo un acto de romance: es la prueba de cómo León preserva y reinventa sus costumbres, convirtiendo el coqueteo en memoria colectiva y las rosas en símbolo de cariño.

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