Petra, la mujer náhuatl que honra sus raíces desde la educación
En el Día Internacional de la Mujer Indígena, la historia de Petra Martínez Serrano, representante de la cultura náhuatl de la región Huasteca de Hidalgo, es un ejemplo vivo de identidad.
Petra creció rodeada de tradiciones, lengua y saberes transmitidos por sus abuelos. Desde niña conoció la vida campesina.
“Desde que podíamos caminar nos llevaban al campo. Primero a espantar pájaros para que no arrancaran las matitas de maíz, luego a llevar agua y comida a los mayores”, recordó.
Su infancia transcurrió entre la siembra del maíz, frijol y calabaza, cultivos que hasta hoy siguen siendo la base alimentaria de su pueblo.
Aunque sus padres eran campesinos y huérfanos de origen, siempre alentaron a sus hijos a estudiar. “Mi padre no tuvo la oportunidad de ir a la escuela, aprendió a leer y escribir con sus amigos. Por eso quiso que nosotros nos superáramos”, platicó contenta.
Ese deseo encontró eco en los maestros de Petra, quienes identificaron en ella un talento especial para el aprendizaje. Gracias a esos apoyos, fue becada en diversos internados para niñas indígenas, donde terminó la primaria y continuó con secundaria y preparatoria.
Las religiosas que dirigían estos espacios veían en Petra un futuro prometedor, incluso intentaron encaminarla hacia la medicina. Sin embargo, su vocación estaba clara desde el inicio: ser maestra.
Con esfuerzo y la ayuda de personas que confiaron en su capacidad, viajó a Guadalajara, donde finalmente se formó profesionalmente.
A los 27 años, inició su labor docente en comunidades rurales de Jalisco, más tarde en Tequila y Arandas, hasta llegar a León, Guanajuato. Allí se especializó en problemas de aprendizaje para niños con necesidades educativas especiales, una decisión que reafirmó su compromiso con los niños pues de alguna forma siempre se sintió identificada.
Hoy, con más de tres décadas de experiencia, Petra no solo ha educado generaciones, sino que también ha sostenido a su familia, haciéndose cargo de su madre enferma y de una hermana accidentada.
Pese a los logros académicos y profesionales, Petra nunca se desligó de su cultura. Orgullosa porta la indumentaria bordada a mano de la Huasteca, prepara atoles de frutas, tortillas de maíz, frijoles y conserva los rituales ancestrales ligados al ciclo agrícola.
“Seguimos venerando al sagrado maíz, así como nuestros ancestros nos enseñaron a entender la vida como un ciclo”, explicó.
Petra subrayó la importancia de mantener vivas las raíces. “Nuestra cultura tiene valores, cosmovisión y conocimientos que no podemos perder. Eso nos da identidad. Y yo me siento muy orgullosa de mis raíces”, concluyó feliz.
Hasta el día de hoy, Petra es ejemplo de cómo la educación y la identidad pueden caminar juntas. Entre pizarrones y bordados, entre aulas y rituales al maíz, ella reafirma que el verdadero progreso no significa olvidar de dónde venimos, sino fortalecer lo que nos da sentido como personas.

Foto: Tv4