Panadería La Central: más de un siglo horneando tradición con las manos y el alma
En el corazón de León, entre los aromas de la leña de nogal y el recuerdo del pan recién horneado, vive una historia que ha fermentado con el tiempo, como los buenos panes.
La de la Panadería La Central, una empresa familiar con más de 100 años de historia que ha alimentado a generaciones enteras con recetas artesanales, pasión y trabajo.

José de Jesús Ramírez representa con orgullo la tercera generación de panaderos en su familia. Su abuelo, Jesús Ramírez, fue el fundador original.
“En 1900 mi abuelo empezó hacer pan porque era lo único que sabía hacer, luego después lo hizo como una especie de negocio y empezó en la calle Rayón 407”, recordó José.
La panadería fue creciendo junto con la ciudad. En 1943, se trasladó al centro de León, entre la calle Josefa Ortiz y Justo Sierra, donde ahora se encuentra la tienda Biba. Allí, José aprendió desde niño los secretos de la elaboración del pan.
“Ahí mi abuelo tenía tres patios y el patio del fondo que conectaba con la calle justo sierra la hizo panadería y mi papá fue haciendo grande la panadería”, relató.

En 1965, el negocio volvió a mudarse, esta vez a la calle Donato Guerra, y adoptó el nombre de “Panificadora del Bajío”. “Ahí me empecé hacer panadero porque incluso yo estudié para ingeniero mecánico electricista y terminé siendo panadero muy horadamente”, platicó entre risas.
José fue el único de sus tres hermanos que eligió continuar con la tradición, trabajando jornadas de más de 18 horas durante 35 años.
Con esfuerzo y liderazgo, José logró consolidar un equipo de hasta 150 trabajadores. “Mi abuelo el fundador me decía que no había mejor cosa que se pagarán buenos sueldos y tratar bien a la gente. Y así funcionó de la mejor manera”, destacó contento.

La demanda creció tanto que se diversificó el proceso: un grupo para bolillo y teleras, otro para biscochos, y otros para chorreadas, donas, y más. Pero el sello distintivo siempre fue el mismo: pan artesanal, sin procesos industriales, hecho con ingredientes frescos como huevos de gallina y leche de vaca, y hechos en hornos de adobe calentados con leña de nogal, que le daban un sabor inconfundible.
Una de las innovaciones más recordadas fue la creación de las famosas “vaquitas”, camionetas decoradas como vacas que recorrían las calles de León repartiendo pan. Al sonar un claxon con sonido de mugido, los vecinos salían de sus casas a elegir su pan.
“Donde veía que había una mayor concentración de gente en una colonia decidía mejor quitar la vaquita y mejor poner un despacho”. José llegó a tener ocho de estas unidades y, por tres décadas, marcaron una era.
Sin embargo, como todo negocio familiar, enfrentaron altibajos. Debido a conflictos internos, la panificadora de Donato Guerra y los despachos cerraron. La panadería se estableció finalmente en el Campestre, en 1993, donde continúa su historia viva con la cuarta generación al mando: José de Jesús hijo.
A pesar del paso del tiempo, Panadería La Central mantiene su esencia. Solo cierra dos días al año: Navidad y Año Nuevo. “Para mí representa una gran satisfacción. Me siento orgulloso porque mucha gente me quiso y gracias a ellos yo prosperé”, finalizó con emoción José.
Su hijo, ahora al frente del negocio, mantiene las recetas originales, sin conservadores ni aditivos. Panes como las cazuelitas, gorditas de nata, magueyes, prusianos, chorreadas y amoles creaciones exclusivas de la panadería son un viaje directo a la infancia de muchos leoneses.
“Es un orgullo. Cuando alguien ve una cazuelita y recuerda su niñez, eso para mí es una gran satisfacción”, concluyó José de Jesús, con la serenidad de quien ha amasado no solo pan, sino también una historia de vida, trabajo y tradición.
